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Manabí, donde la cocina tiene mucho que contarle al mundo
Una crónica personal sobre Manabí, los encuentros que deja la gastronomía y el potencial de un país que todavía tiene mucho por mostrar sobre su riqueza culinaria.
Por Lizeth Mosquera, equipo de comunicación del Premio Joven Chef de las Américas

Cuando llegué a Iche, el sol comenzaba a esconderse entre los árboles de San Vicente, en Manabí. Había subido las escaleras que conducen al complejo, atravesado un arco de palmeras y descubierto un paisaje que parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista. Detrás de mí, unas pequeñas piezas de concha suspendidas de un árbol se movían con el viento. Frente a mí, una escuela, un restaurante y un proyecto que estaba convirtiendo la gastronomía manabita en un punto de encuentro internacional.

Había llegado para trabajar en la comunicación del Premio Joven Chef de las Américas, que del 7 al 13 de octubre de 2026 reunió en Manta, Bahía de Caráquez y San Vicente a jóvenes cocineros de distintos países del continente. Todavía no sabía que, durante los siguientes días, terminaría traduciendo en una cocina para un participante estadounidense que había tenido una noche difícil, conversando sobre ciencia y alimentos con una investigadora de Harvard y descubriendo cuánto puede contar un territorio a través de su comida.
El atardecer de aquella llegada fue difícil de olvidar. El cielo mezclaba tonos naranjas y azules sobre una extensión de vegetación que parecía no terminar. Un árbol enorme, cerca de la entrada, ofrecía sombra a un par de sillas desde las que daban ganas de quedarse contemplando el horizonte.

Pero lo más interesante de Iche estaba más allá del paisaje.
En sus instalaciones conviven un restaurante, una escuela de gastronomía y espacios dedicados a la investigación y la innovación culinaria, además de un huerto. Su propuesta parte de una idea que tiene implicaciones mucho más amplias: reconocer el valor de la cocina manabita y convertir ese conocimiento en oportunidades de formación y desarrollo para el territorio.
Durante el encuentro, jóvenes cocineros, investigadores y especialistas internacionales compartieron experiencias alrededor de la gastronomía, el patrimonio alimentario y la innovación. Y detrás de esas conversaciones había historias que difícilmente cabrían en el programa oficial de una competencia.
Una salamanquesa en la cocina
Landen Hickman había llegado desde Estados Unidos para competir. Su participación estuvo marcada por varios contratiempos: algunos de sus ingredientes no llegaron a tiempo y la noche anterior a la competencia tuvo un malestar que lo obligó a descansar.
Aun así, al día siguiente estaba en la cocina. Me asignaron para apoyarlo con la traducción, porque necesitaba comunicarse con el equipo local. Desde ese lugar pude acompañar parte de su preparación y observar cómo enfrentaba una jornada que, después de todo lo ocurrido, ya era suficientemente exigente.
Entonces, mientras organizaba sus utensilios, apareció una salamanquesa junto a su estación de trabajo. Landen interrumpió por un instante lo que estaba haciendo, la tomó cuidadosamente entre sus manos, se quedó observándola, sonrió y salió al patio. Allí la dejó sobre el césped, le tomó una fotografía y regresó a continuar con su preparación.
Todo ocurrió en pocos minutos. No hubo molestia ni dramatismo. Solo un gesto sencillo de respeto hacia un pequeño animal que había aparecido donde nadie lo esperaba. Me impresionó su manera de actuar. A veces, los detalles más pequeños permiten conocer aspectos de una persona que difícilmente aparecen en una conversación.
Landen también eligió trabajar con ingredientes ecuatorianos y utilizar el fogón de leña manabita, una herramienta tradicional de cocción cuya historia está estrechamente ligada a las prácticas alimentarias de la provincia.
Tradicionalmente, este fogón reúne barro, cerámica y ceniza alrededor del fuego de leña. Su importancia, más allá de la preparación de alimentos, está en que reúne conocimientos sobre el manejo del fuego, los materiales y las técnicas culinarias que se han transmitido entre generaciones.
Ver a un participante internacional incorporar esta herramienta en una competencia contemporánea fue una muestra de cómo la tradición puede dialogar con la innovación sin perder su identidad.

La riqueza que comienza antes del plato
En Ecuador sabemos que Manabí es uno de los grandes referentes de nuestra gastronomía. Sus preparaciones, el uso del maní, el plátano verde, los mariscos y sus quesos forman parte de una identidad culinaria ampliamente reconocida. Sin embargo, recorrer el territorio permite descubrir que detrás de esos sabores existe una red mucho más compleja de conocimientos y oficios.
Una visita al Mercado de Mariscos Playita Mía, en Manta, fue suficiente para comprobarlo.

La variedad de productos era impresionante: pulpos, calamares enormes, camarones y langostinos que parecían acercarse al tamaño de un rostro. En los puestos, los productos del mar ocupaban el espacio con una abundancia que difícilmente se aprecia de la misma manera cuando llegan servidos a la mesa.
Aquella escena también invitaba a mirar hacia quienes sostienen esa riqueza: pescadores, comerciantes y familias que forman parte de la cadena alimentaria de la provincia. A ellos se suman las cocineras tradicionales manabitas, mujeres que han conservado técnicas y recetas a través de la práctica cotidiana. Sus conocimientos constituyen una parte esencial del patrimonio gastronómico local. Esa relación entre territorio y conocimiento es uno de los aspectos que más me interesaron de Iche.
Su huerto, su cava y sus espacios gastronómicos forman parte de una propuesta que busca experimentar con ingredientes locales sin desvincularlos de su origen. Incluso la coctelería incorpora productos de la zona en preparaciones que exploran otras posibilidades de sabor.
Durante una comida en Iche probé un caldo de bolas de verde. Fue uno de esos platos que recuerdan por qué la cocina tradicional ecuatoriana tiene tanta capacidad de sorprender sin necesidad de grandes artificios. La innovación no consiste necesariamente en sustituir lo conocido. También puede significar investigar sus posibilidades, recuperar técnicas y encontrar nuevas formas de compartirlas.
Las personas detrás del conocimiento
Uno de los investigadores que más me llamaron la atención fue el chef mexicano Lalo Plascencia, jurado internacional del Premio Joven Chef de las Américas y panelista del Encuentro de Investigación Gastronómica. Se acerca a la gastronomía desde la investigación y el pensamiento, con una curiosidad que suele llevar las conversaciones hacia preguntas más amplias sobre los alimentos y la cultura. Tiene una forma particular de explicar conceptos complejos, a veces desde perspectivas casi filosóficas, pero sin perder el humor ni la cercanía.
Conversar con él fue especialmente interesante por su mirada sobre Ecuador. Desde su experiencia, reconocía el valor de nuestros productos y conocimientos gastronómicos, así como las posibilidades que todavía existen para darles mayor visibilidad internacional.
También pude conversar con Pia Sörensen, docente del programa Science & Cooking de la Universidad de Harvard, jurado internacional del Premio Joven Chef de las Américas y panelista del Encuentro de Investigación Gastronómica. Antes de conocerla imaginaba una conversación mucho más formal. Encontré, en cambio, a una persona accesible, interesada en escuchar y compartir experiencias. Hablamos con naturalidad, intercambiamos preguntas y la conversación fluyó sin que su trayectoria académica impusiera ninguna distancia.
La gastronomía tiene esa capacidad de reunir en una misma conversación a personas que llegan desde disciplinas, países y experiencias muy diferentes.
Lo comprobé también con los jóvenes participantes.
Jovan William, concursante de Martinica, me invitó a probar su preparación. Fue una oportunidad de acercarme a su propuesta culinaria a través de un intercambio directo con quien la había elaborado. En otro momento, Erecia Hepburn, mentora de Dedrick Taylor Jr., concursante de Bahamas, me regaló unas monedas de su país. Un detalle inesperado que terminó convirtiéndose en otro recuerdo de los intercambios que surgieron durante aquellos días.
Francisco Guitard, observador del equipo de Estados Unidos, recorrió por su parte Montecristi en busca de piezas de cerámica y de paja toquilla para presentar el plato en la competencia. Su recorrido mostró cómo una propuesta gastronómica puede vincularse con las artesanías y otros saberes del lugar que la recibe.
En el restaurante Valentina Colibrí, de Gloria Chávez y sus hijas, compartimos platos de la cocina manabita mientras se presentaban danzas tradicionales del norte de Manabí, otra muestra de cómo la cocina y otras expresiones culturales de la provincia pueden encontrarse en una misma experiencia. No todas las conexiones culturales necesitan grandes discursos. A veces comienzan con un ingrediente, una preparación que alguien ofrece probar o un objeto que viaja de un país a otro.
Un corviche frente al mar
Entre las jornadas de trabajo y las actividades del encuentro, hubo una tarde en la que terminamos haciendo algo bastante sencillo: sentarnos frente al mar.

Éramos cinco personas. Entre ellas estaban Lalo Plascencia y Francisco Guitard, los dos visitantes internacionales del grupo. Habíamos pasado buena parte del tiempo entre actividades gastronómicas y decidimos aprovechar la oportunidad para probar algo que no podía faltar en la costa: corviche y emborrajado.
Más temprano habíamos almorzado en el restaurante Casa Rosada, en Manta, donde probamos varios platos, entre ellos un corviche. Ya en la playa El Murciélago, probamos la versión que se vende frente al mar. El contraste entre ambas preparaciones fue notable, pero las dos tenían su encanto. Me gusta ese aspecto de la gastronomía: un mismo plato puede cambiar según quién lo prepare, dónde se venda y qué historia exista detrás de su receta.
Ese día también me tomé unos minutos para caminar por la playa.
Había pasado mucho tiempo sin sentir el mar y, aunque estaba en Manabí por trabajo, no quería marcharme sin hacerlo. Me quité los zapatos y caminé hasta donde llegaban las olas. Eran cerca de las cuatro de la tarde. Las aves se movían sobre la orilla y el agua avanzaba suavemente hasta cubrirme los pies antes de regresar al mar. Fueron apenas unos minutos para observar el paisaje, sentir el agua y disfrutar de estar allí.
A veces, los recuerdos más claros de un viaje aparecen precisamente en esas pausas.
Ecuador también se cuenta desde su cocina
He tenido la oportunidad de conocer la gastronomía de otros países y disfruto descubrir cómo comen las personas, qué ingredientes utilizan y cuáles son las historias detrás de sus recetas.
Pero la cocina ecuatoriana sigue sorprendiéndome. Somos un país pequeño con una diversidad alimentaria extraordinaria. Las preparaciones de la Costa, la Sierra, la Amazonía y Galápagos permiten recorrer tradiciones, productos y formas de entender la alimentación que cambian radicalmente de una región a otra. Esa riqueza me ha acompañado incluso cuando estoy lejos de Ecuador.
En Turquía preparé un seco de pollo para alguien que nunca había probado nuestra comida. Recuerdo su curiosidad mientras observaba el proceso y su sorpresa al descubrir el sabor del plato. En Nueva York cociné un locro de papa, aunque no tenía todos los ingredientes que hubiera querido. Y en India, cuando me pidieron preparar algo ecuatoriano, improvisé una opción vegetariana con plátano verde y una salsa de champiñones.
Ninguna de esas preparaciones pretendía representar toda nuestra gastronomía. Eran pequeñas maneras de compartirla. Pero me hizo feliz comprobar que un plato podía despertar curiosidad por un país que algunas de esas personas todavía no conocían.
Esa misma motivación fue la que me llevó a aceptar la invitación de María Alexandra Benalcázar, coordinadora de producción del Premio Joven Chef de las Américas, para formar parte del equipo de comunicación del encuentro. Ya habíamos trabajado juntas y, cuando me contó sobre el proyecto, encontré una oportunidad de contribuir a mostrar Ecuador desde uno de sus patrimonios más valiosos. Durante esos días también trabajé junto a personas que hicieron posible el desarrollo de las actividades, entre ellas Rebeca Donoso, del equipo de hospitalidad, cuya disposición y compañerismo fueron parte importante de la experiencia.
Mi trabajo estuvo relacionado con la comunicación, las relaciones públicas y la coordinación de necesidades de medios y contenidos. Pero estar cerca de las actividades me permitió observar situaciones que no siempre aparecen en las fotografías oficiales ni en los resultados de una competencia. La historia de Landen y la salamanquesa fue una de ellas.
Una conversación que merece continuar
El Premio Joven Chef de las Américas reunió en Manabí a participantes internacionales y especialistas que llegaron para intercambiar conocimientos sobre gastronomía. Pero el valor de una experiencia como esta también está en lo que ocurre alrededor de la competencia: en las conversaciones con los cocineros, en el trabajo de las mujeres que conservan las recetas tradicionales, en los mercados, en las técnicas ancestrales y en la curiosidad de quienes descubren ingredientes que nunca antes habían probado.

Iche representa una iniciativa interesante porque conecta esas dimensiones con la formación, la investigación y las oportunidades de desarrollo territorial. Estoy feliz de que Manabí cuente con un proyecto de esta naturaleza. Y me gustaría que existieran más iniciativas capaces de investigar, preservar y proyectar la riqueza gastronómica de otras regiones ecuatorianas.
Tenemos historias, ingredientes, técnicas y personas que merecen una presencia mucho mayor en la conversación gastronómica internacional. Para conseguirlo necesitamos una comunicación más constante y ambiciosa, capaz de construir experiencias, generar contenidos y conectar a las audiencias con quienes hacen posible nuestra cocina.
También creo que los propios ecuatorianos tenemos mucho por descubrir. A veces buscamos experiencias extraordinarias en otros países sin conocer completamente lo que existe dentro de nuestras fronteras. De Manabí me llevo nuevos sabores, conversaciones, aprendizajes y personas que hicieron especial esta experiencia. Pero, sobre todo, me llevo la satisfacción de haber contribuido, desde mi trabajo, a que otras personas conozcan un poco más de Ecuador.
Porque cada plato puede abrir una conversación, cada ingrediente puede contar una historia y cada encuentro puede convertirse en una oportunidad para acercar nuestro país al mundo.
Publicado originalmente en LinkedIn
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